Pues aquí estaba yo el otro día y echando cuentas, resulta que hace 25 años que empecé a hacer traumatología.
Corría el año 92 (yo no corría porque eso se hace a partir de los 40 y entonces no hacía falta) y gracias al azar, la bicicleta de montaña y a que ser de Huesca imprime carácter, me crucé con Joaquín Sopena, por aquel entonces interno del departamento de cirugía de la Facultad de Zaragoza y discípulo de José Ignacio Bonafonte que era profesor titular de cirugía, que catedrático se hizo después.
El caso es que hablando con Joaquín, le dije que a mí eso de la trauma me gustaba y él me dijo: “ah, pues pásate por el departamento [de cirugía] si quieres alguna tarde que alguna cosa haremos”. No lo tuvo que decir dos veces, desde ese momento pasaba más horas en ese departamento que en casa.
Joaquín es un fiera, además tiene más paciencia que un santo y ahí estaba el hombre aguantándome y enseñándome desde lo más básico: “los perros tienen 4 patas llenas de huesos que a veces se estropean”… “cógete el Piermattei y estúdiatelo”, me lo fotocopié entero, lo puedo decir ahora porque ha prescrito el delito de copia privada ilegal o como se diga. Luego el Brinker, Piermattei y Flo “Handbook of Small Animal Orthopedics and Fracture Repair”. Este ya me lo compré, lo pedí a Estados Unidos y me costó un montón de dólares. Recuerdo perfectamente como abrí el paquete de Barnes and Noble, que era el Amazon de la época e iban por la segunda edición y ahora es la 5ª. Ese libro mola.
Así que ahí me pasaba yo las horas, practicando con Joaquín y con Nacho. La primera cirugía de verdad en la que me puse de ayudante era una luxación de cadera de un cocker dorado y Joaquín me hizo una foto al final de la cirugía, suturando. Me da rabia porque desde entonces me he cambiado de casa y de país diez o doce veces y no sé dónde está esa foto. Una foto de verdad, de las de carrete y que había que ir a revelar. Me hizo tanta ilusión que siempre que me ha tocado enseñar a alguien algo de cirugía, si puedo le hago una foto y se la envío, cosa que ahora es más fácil y más barata. Creo que soy el autor de unas cuantas fotos de perfil en redes sociales…
Luego me pegué tres años de alumno interno y siempre ayudaba a Nacho cuando no estaba Joaquín y a Joaquín cuando no estaba Nacho, y cuando estaban los dos yo me ponía de instrumentista, porque era el único que se sabía el nombre de las pinzas “La Verbrugge”, “Lowman”, “Kern”…, yo creo que las pedían para ver si estaba atento.
Un día me tocó hacer una fractura múltiple de pelvis de un bobtail con Bonafonte. Recuerdo que la noche anterior no dormí. Antes y durante la cirugía el profesor me preguntó como lo haría yo, por donde abordaría y me escuchaba cuando proponía cosas. Al acabar me dijo: “tienes visión para esto, se te dará bien”. Si el mismo Rey Arturo me hubiese nombrado caballero dándome con Excalibur en el hombro no me hubiese sentido tan contento. Para bajarme al suelo me dijo: “pero hoy aun no has hecho nada, vete a casa y a estudiar”.
Luego se acabó la facultad y llegó el mundo real, trabajar y esas cosas, pero pude ir con Josep Font y Jordi Cairó al Hospital Veterinari Canis a Gerona, que entonces estaba dentro de la ciudad, en Montilivi. Iba para “unos días” y acabé quedándome unos meses. Vivía en un piso que estaba justo encima del hospital y cuando había algo en mitad de la noche me llamaban al telefonillo y bajaba.
Josep Font es el mejor traumatólogo en tres planetas a la redonda y encima el hombre se quita importancia. Cuando opera todo parece fácil, todo sale como si nada, las fracturas se reducen solas, los tornillos entran suave, todo sin manchar y sin que le veas esforzarse. Él me dijo una vez: “cuando operes, cuanto más parecido lo hagas a lo que pone en los libros, menos complicaciones tendrás”, ¡qué gran verdad!.
Cuando me presenté al examen de acceso al Comité Técnico del GEVO le pedí a Josep (“el Font”) que me apadrinase, pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
He tenido la suerte de ver operar y operar con los mejores traumatólogos en Madrid, Sevilla, Barcelona, Londres, Munich o donde sea, aprendiendo un poquito de cada uno y mucho de la mayoría de ellos. En alguna ocasión he podido devolverle mínimamente el favor a alguno, enseñándoles yo alguna técnica quirúrgica concreta o las más de las veces, con unas botellas de vino o una trenza de Almudévar que siempre gusta.
Ahora, 25 años más tarde de aquella primera luxación de cadera, sigo intentando aprender de los grandes maestros a los que tengo la suerte de conocer, aprendiendo nuevas técnicas que puedan ayudar a mis pacientes y agradeciendo a los que me ayudaron desde el principio de forma desinteresada.
Hoy he resuelto una luxación de cadera en un perro de pastor y me he acordado que hace 25 años ya que hago traumatología.
